San Sebastián 64 (III): La reconquista (Jonás Trueba)

 

And I’m just calling one last time
not to change your mind

but just to say I miss you baby,
good luck, goodbye, Bobby Jean

Hace unas semanas, antes de ver La reconquista, releí un viejo diario que tenía de pequeña. Nunca llegué a adoptar el hábito de escribir cada noche y durante largas temporadas me olvidaba de ese cuaderno con candado, por lo que en muy pocas páginas se ven concentrados varios años de mi vida. Todos esos aspectos de la cotidianidad que se supone son vertidos en un diario no tienen cabida en este. Como escribía tan poco, cuando me animaba a hacerlo debía ponerle al día y los dos primeros párrafos casi siempre estaban dedicados a informarle de las grandes noticias. En este caso comenzaba tranquilizándole con eso de que el tan temido efecto 2000 ni nos había rozado. Que lo hiciera cuatro meses después del año nuevo es la prueba definitiva de mi desgana…

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La lógica dicta que un diario, aunque tan solo sea por la acumulación de datos, suele terminar siendo el reflejo de la infancia, pero lo cierto es que me costó encontrar la mía en este. Los recuerdos que yo guardo son otros y es algo que ahora agradezco, aliviada, porque los que sí dejé por escrito parecen no pertenecerme. Incluso detecté algún nombre al que ya no logro atribuirle una cara… Sin embargo, revisando esta misma página, esta letra redonda que iría perdiendo su diligencia con el paso de los cursos, sí encontré algo que me identifica plenamente. Mi obsesión por el detalle me llevaba a fechar el día y la hora exacta a la que empezaba y terminaba de escribir, una costumbre que seguí conservando en dedicatorias, souvenirs, postales, recuerdos variopintos… El día, el mes, el año, la hora y los minutos. Casi por una intuición, sentía que citando el momento exacto capturaba algo de él, al menos eso me aseguraba la posibilidad de conmemorar y revivir ese hecho a posteriori. Me gustaba encontrar las fechas del pasado y calcular cuánto tiempo había transcurrido, como hoy, cuando puedo decir que hace 16 años, 5 meses y 22 días, aquel 9 de abril comenzaba a escribir a las 10 horas y 49 minutos de la noche.

Poco después de haber olfateado estas páginas, llegó la carta que Manuela le entrega a Olmo, aquella hoja suelta que él le había escrito 15 años atrás. Entendí por qué, frente al escaparate del globo rojo, a él le resultaba tan fácil burlarse de sus propias palabras y más tarde -días más tarde, no al final de la película- para mí el verbo ‘reconquistar’ aludía a la posibilidad de conservar ese respeto y cariño hacia lo que un día fuimos y sentimos.

Si de algo sirvió el breve paso por San Sebastián de este año fue para experimentar en pocas horas los planteamientos opuestos entre los que se puede mover el cine narrativo: el que se aleja y te desafía negando la identificación (y ahí Nocturama y Elle siguen revoloteando por mi cabeza) y el que apuesta por el reconocimiento. Con cuatro películas, el cine hecho por Jonás Trueba ha ido sembrado suficientes pistas para que cada estreno se convierta en una vuelta a casa, un juego que no cae en la premeditación (nada hay aquí de lo meta) pero que asegura ese placer del que sale a caminar conociendo ya parte del itinerario. La reconquista también ha supuesto una oportunidad para que las interpretaciones de otros añadan piezas al puzzle. Una anda ensimismada en su diario, escuchando puntos suspensivos, y al levantar la vista intuye en las reseñas de los demás que también ellos están volcando sus propias cartas y sus 15 años. Probablemente suceda más a menudo y pase desapercibido, pero películas como La reconquista permiten que una pregunta te lleve a conocer al entrevistador a través del entrevistado: la particular sensibilidad de quien se interesa por ese gesto lento al entregar una bolsa de castañas; la envidiable curiosidad de la que va tirando del hilo hasta poder hacer un retrato de familia; y el que por fin da con la expresión perfecta para la escena del baile: el no-beso, el no-adiós, el no-olvido.

Si, como dice el propio Jonás, sus películas tienen dentro otras historias subterráneas –películas nonatas que han podido alimentar a la definitiva–, los espectadores nos topamos con recuerdos subterráneos, reminiscencias que no están citadas explícitamente pero que nos conducen a escenas del pasado. En La reconquista uno reconoce, por ejemplo, que las cartas que antes se leían a cámara, porque ya no había nada que esconder, aquí se escriben entre susurros…

Podríamos confundir el pasaje central de La reconquista como una fuga de Los ilusos, pero en realidad en todas las películas sucede ese desdoblamiento porque cuando un actor actúa nunca está solo, a su lado permanecen las sombras de sus otros personajes:

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De ahí que también en el tercer tiempo asomen aquellos primeros días que trataban de mostrar que el doble no es mímesis ni imitación, sino el entendimiento que nace al compartir una vivencia:

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Reconocer también pasa por regresar a un espacio (ya sea de día o de noche) y volver a pisar las escaleras que habíamos subido al inicio de todo esto, aunque fuera con otra carta en los bolsillos:

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Y así podríamos alargar el juego hasta saltar de la pantalla, pero sin enredarnos en esas retóricas del cine y la vida, la vida y el cine, por suerte ya habíamos acordado dejar tranquilo al pobre Rohmer… Quizá podría quedar todo más claro si nos limitamos a señalar que a veces un concierto puede empezar en un viaje de vuelta en coche, y que la localización de una película puede verse ocupada por el cartel de la siguiente:

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Dado que La reconquista parece darle la mano a Todas las canciones hablan de mí, se dibuja un círculo a punto de cerrarse y resulta apropiado hablar del final (¿o del sentido de un final?) e incluso que merodee como síntoma el verbo ‘agotarse‘. ¿Y ahora…? De momento, un pinchazo de consciencia al tener más presente que nunca que las películas y las canciones de hoy están llamadas a ser los diarios y las cartas que releeremos en el futuro.

[00:16h]

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