Pablo Hernando: “Hay más gente que quiere hacer cine que medios económicos para hacerlo”

Pablo Hernando llega a Antón Martín con un pan debajo del brazo, concretamente con una hogaza de pan gallego. Parece una anécdota intrascendente pero el tema de la comida irá surgiendo en la conversación repetidas veces, al igual que aparece en sus ficciones: “Me gustan las escenas de gente cocinando. Creo que enseñar cómo un personaje cocina, cuál es su dieta, es una forma de saber qué tipo de persona es”. Seguramente la teoría que aplica a sus personajes también podría funcionar con él mismo (al fin y al cabo, algo tiene que significar que hoy haya comprado una hogaza y no una barra, en una panadería y no en un supermercado).

De los 52 directores que Caimán. Cuadernos de Cine ha destacado como representantes del  otro (aquel, este, o el de más allá) cine español, Pablo Hernando es el más joven. Con 26 años dirigió el largometraje Cabás que hoy se estrena en Filmin y cuya sinopsis prefiere restringir a una sencilla premisa pero con muchas posibilidades: Ruptura sentimental en clave de ciencia ficción. “No me gusta explicar de qué va la película, al cine hay que llegar sin saber nada”. Para respetar su aversión a la moda de destripar argumentos no contaremos más. Los curiosos pueden leer las reseñas que ya existen de la película (de ella han hablado, con spoilers, Jordi Costa y Noel Ceballos) y los que sean verdaderamente curiosos pueden verla directamente aquí. Hace apenas una semana ha rodado su último trabajo, un cortometraje del que tampoco explica demasiado. “El título provisional es Magia y… va de un truco de magia”. Con eso nos sirve.

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No analizar a fondo la bajona que vive en Cabás el protagonista, Xabi Tolosa, permite que la conversación vaya por otros recovecos, por ejemplo el rodaje de Diamond Flash (Carlos Vermut, 2011), donde Pablo ejerció de ayudante de dirección y comprobó que sería factible hacer un largometraje por su cuenta. Durante la charla vamos enlazando proyecto tras proyecto y en casi todos aparece como imprescindible la cadena de favores que ha ido tejiendo entre sus amigos. Un cine hecho a base de equipos reducidos en los que un día llevas la cámara y al día siguiente echas un cable en producción o ejerces de pertiguista. La penúltima de estas colaboraciones le ha llevado hasta Seattle junto a Canódromo Abandonado para rodar La tumba de Bruce Lee, anunciada como la primera bruceploitation española y que se podrá ver próximamente en Sitges.

Ahora que ya está preparando el guión de su segunda película se plantea el dilema de volver a rodar tirando de amigos o reunir financiación. “Tengo dudas de si la haré porque al menos quiero mantener el nivel estético de Cabás, pero tampoco quiero tener que pedir favores a todo el mundo. La gente debería cobrar por su trabajo.” Ya desde hace un tiempo se habla mucho de dinero (de lo poco que se invierte, de lo poco que se recauda) cuando se menciona el cine español. Estas producciones situadas en los márgenes tampoco escapan de esa persecución con vistas a la rentabilidad. Sin embargo, es curioso que en este contexto ocurra como en el fútbol pero al revés, no se tiende a destacar los fichajes millonarios sino las inversiones escasas. “Las dos preguntas que más se hacen en los coloquios” explica Pablo “es qué cámara has utilizado y  cuánto te has gastado. ¿Qué más da? Hay una obsesión sobre quién se gasta menos dinero y quién rueda más rápido. Es sensato preocuparse por hacer películas eficientes pero no a esos niveles.”

Quizá para suplir la falta de conexión entre creadores e industria (industria dicho así, de forma abstracta y desfigurada), poco a poco se ha ido conformando una imagen de colectivo, que unos notan desde fuera y otros sienten desde dentro. No se habla de generación ni corriente estilística pues hay propuestas y edades muy diversas (por ejemplo, poco tiene que ver el cine de Virginia García del Pino con el de Mar Coll), pero sí existe una impresión más sensorial que tangible de ganas y capacidad para regenerar el horizonte cinematográfico, como si hubieran abierto la puerta y la ventana a la vez para provocar una reconfortante ráfaga de viento. Respecto a esa sensación de unión, Pablo matiza las interpretaciones equivocadas que puedan hacerse. “Es, a mayor a escala, como los vídeos que hacías con 15 años con tus amigos pero ahora, por moda o por justicia, hay gente que lo ve. Puede haber cierta endogamia porque dentro de los grupos todos nos ayudamos y los actores de uno aparecen en la película de otro pero porque somos amigos y nos conocemos. He escuchado que somos una secta o un grupo cerrado, como si fuésemos el status quo del audiovisual español o la Academia… No sé si está tanto de moda el cine low cost como la palabra low cost, que a mí no me gusta nada. Es un círculo vicioso, ya es difícil incorporar nuevos nombres a esa etiqueta”.

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Más que el porvenir de la etiqueta, que no importa lo más mínimo (surgirá otra si esta se agota), cabe preguntarse por el futuro de estos brotes verdes que van floreciendo en circuitos alternativos, si podrán incorporarse a corto o medio plazo a un mayor sistema de producción que les permita tener lo que necesitan (más medios, más tiempo) y si los canales de distribución alternativos a las salas comerciales se van afianzando por todas las provincias. Por el momento, el reconocimiento por parte de la crítica les aporta visibilidad aunque se corra el riesgo de que se les asigne un rol que no les corresponde. Pablo lo tiene muy claro al afirmar que “este tipo de cine no es sostenible, ni es la salvación de nada. Es una vía de escape y se va a seguir haciendo porque hay más gente que quiere hacer cine que medios económicos para hacerlo. Ocurrirá lo que dice Javier Botet, que a este paso sólo van a hacer películas los chavales de 20 años que vivan en casa de sus padres”.

Quien hable con Pablo acusará estos altibajos de confianza pero en el fondo aunque duda de si podrá vivir de esto sabe que nunca dejará de hacer cine. Es un pesimismo con tintes cómicos que va y viene. Entre bromas la palabra suicidio se menciona varias veces y de repente me describe ya el peor de los escenarios posibles: “Aun cuando diga que lo dejo y que me voy al extrarradio a fabricar cajas o cuando me deprima y viva en una cueva y no salga jamás, me dedicaré a hacer películas en el ordenador… Es que a mí me gusta hacer cine”. Nos despedimos casi en el mismo sitio donde nos encontramos, él paseando con naturalidad su hogaza bajo el brazo y yo pensando que la mirada triste y los andares graciosos de Xabi Tolosa en Cabás ya tienen un por qué.

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4 Respuestas a “Pablo Hernando: “Hay más gente que quiere hacer cine que medios económicos para hacerlo”

  1. Si hay buena harina y buen panadero la hogaza será una obra de arte. No es preciso el reconocimiento de “la crítica” pues ése puede llegar pasados años o siglos…o no llegar. Simplemente hay un momento, un instante preciso, en que el mundo abre los ojos y la VE.
    Orlando

    • Exacto, pero en este momento, y con este tipo de cine, creo que la labor de los críticos está siendo precisamente la de ayudar a que el mundo abra los ojos. Así seremos más los que veamos.
      ¡Gracias por leer y comentar!

  2. Muy interesante y bien escrita esta entrevista que abre caminos y posibilidades infinitas.

    Creo en esos brotes verdes que conforman un mapa de otro cine español visible y posible.

    … Aunque aún me quede mucho por descubrir… como a Pablo Hernando (pero con esta entrevista me has dado y me ha dado pistas y claves para entender su mirada).

    Besos
    Hildy

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